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Escritores Dominicanos

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Apolinar Perdomo
Manuel del Cabral Tavarez
Manuel Rueda
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Aqui podran leer algunas de las obras de estos distinguidos escritores dominicanos. Disfrútenlas.

CARTA A MI PADRE

¿Qué más quieres de mí? ¿Qué otras cosas mejores?
Padre mío,
lo que me diste en carne te lo devuelvo en flores.

Estas cosas, comprende, ya no puedo callarte.
Yo, como el alfarero con su arcilla en la mano,
lo que me diste en barro te lo devuelvo en arte.
Creo ya, que ves claro, por qué levantar puedo
este lodo animal -espeso de pensar-.
¡Siempre habrá un alfarero con su sueño en los dedos!

Padre mío, ya ves,
el agua que me diste, venía de una oscura
profundidad de vida, pero como los ríos
primeros de la tierra, aquel goterón mío
se me llenó de altura...

Qué más quieres, no pudo
hacerse licenciado mi corazón desnudo.
Era mucho pedirle, padre mío, ¡no sabes
lo grave que es a veces
un hombre que en el pecho le entierran viva un ave!

Quizá, por eso, aquello
que me dieron horrible, preferí darlo bello.
Diáfano para el trino; para negocios, bruto,
este es el fruto:
con un poco de ti, y un poco del destino
que me puso en la mano
lo divino
con lo humano,
todo lo que en la carne hay de oscuro y perverso
te lo devuelvo en verso.

Qué más quiero, ¿mi herencia? Para qué, padre mío.
Por mi herida de hombre sale un niño cantando.
¡Lo que la tierra piensa, se hace voz en el río!

 

Manuel del Cabral Tavarez

 

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HABLA COMPADRE MON

Lo que ayer dije yo
a gritarlo vuelvo ya:
¿tierra en el mar?
No señor,
aquí la isla soy yo.

Algo yo tengo en el cinto
que estoy como está la isla,
rodeada de peligro.

Sí, señor, mi cinturón:
ola de pólvora y plomo.
Aquí la isla soy yo.

Cabe, lo que dije ya,
siempre aquí, como le cabe
el día en el pico de ave.
¡Qué bien me llevan la voz
las balas que sueño yo!

Y no está lejos del hombre
de tierra adentro y dormido
la verde fiera que siempre
nos pone un rabioso anillo...
Estoy hablando del mar
porque en él hay algo mío...

¿Pero estoy hablando yo
de una Antilla, tierra en agua?
No señor,
con la cintura entre balas,
al mapa le digo no.
Aquí la isla soy yo.

 

Manuel del Cabral Tavarez

 
 

NEGRO SIEMPRE

Negro quieto,
barro dócil,
tú que siempre
eres el grano que no siembran nunca.

¡Qué hará contigo el hombre,
tú que tienes
la herida abierta como un surco con útiles
humilladas semillas de silencios?

Tu mano está en el aire,
tan desnuda,
tan simple
como tu risa que no tiene filo,
o como tu mirada,
tan sencilla,
tan lavada, que siempre con tus ojos
puede limpiarse el hombre.

GÉNESIS

 

        ¡Yo no sé cuándo fue! Tan sólo el alma

al través de sus sombras te recuerda

cual luminoso ensueño, como un astro

prendido de mi vida en las tinieblas. 

        ¡Yo no sé cuándo fue! De mi memoria,

donde es eterna aurora tu presencia,

surge a veces, con tintes de crepúsculos,

el recuerdo feliz de la hora aquella

en que a la luz de tus divinos ojos

cantó mi lira por la vez primera. 

        Eras muy niña aún. Pura, inocente,

conocedora de la vida apenas,

dijérase de ti que eras capullo

de rosa virginal en primavera:

una rosa en botón a cuyo cáliz

no llegaron en ronda las abejas

del dolor y el placer, a hurtar las dulces

mieles fragantes que el amor acendra... 

        ¡Yo no sé cuándo fue! Tan sólo el alma

al través de sus sombras te recuerda...

¡Al influjo triunfal de tus miradas

surgió en mi vida íntima el Poeta! 

        ¡Cuántos versos de amor! ¡Cuánta poesía

dijo mi joven lira a tu belleza,

y cuántos madrigales armoniosos

bebió en el rictus de tu boca fresca! 

        Prendido de tu voz, el ritmo alado

que cantaba mi amor en dulce endecha,

era un ave de luz que se adormía

de tu palabra en la canción secreta,

ansiosa de la luz y la armonía

que el regio encanto de tu voz despliega.

        A tus plantas postrado, fui vasallo

        de tu imperial belleza,

y te aclamé, orgulloso de sentirme

bajo tu dulce tiranía, ¡mi Reina! 

        Rondador de tu vida, muchas veces

me sorprendió la aurora ante tus rejas,

esperando que el sol de la mañana

saliera para mí cuando salieras. 

        Unas veces, en sueños te miraba...

¡Oh, cuán dulce es la vida, si se sueña

con la mujer que despertó en el alma

        las pasiones primeras:

cual si en un nido despertara, alegre,

        en la aurora de fiestas,

una bandada de aves, ya nacida

la última pluma de sus alas tiernas! 

        Unas veces, en sueños te miraba...

Tu imagen vaporosa, dulce y bella,

por el sonriente azul de mis ensueños

pasaba, fina y trémula,

dejando entre las brumas de mi alma

el rastro luminoso de su estela;

tal como, al desprenderse del espacio,

        un sol de lumbre intensa,

rasgara el traje oscuro en que se envuelve

la del espacio azul bóveda inmensa. 

        Otras veces, despierto te soñaba...

Ante mis ojos tu figura esbelta

despertaba el anhelo de otros mundos

ajenos al rigor de la materia.

Y he sentido nostalgias de otros cielos

que no se pueden ver desde la tierra;

parajes que soñó la fantasía

        para la unión eterna 

de tu espíritu virgen con mi espíritu,

¡de mi infinito amor ansia suprema!... 

        Aquel romanticismo sugestivo

que daba suavidad a tu belleza

y exquisita ternura a tus miradas,

y a tus modales atracción poética,

en lo profundo de mi ser formaron

        una ambición suprema:

vivir bajo tus plantas, como esclavo

que da su redención a la impotencia,

gozoso del castigo con que el látigo

        de su implacable reina

rasga su dura piel, menos tirano

que esta dura impiedad: ¡tu indiferencia! 

        Yo no sé cuándo fue; mas desde entonces,

¡oh diosa de mi fe, mi virgen reina!,

al influjo triunfal de tus miradas

surgió en mi vida íntima el Poeta.

 

Apolinar Perdono.-

 

LA NOCHE ALZADA

 

        Urdido soy de noche y de deseo.

¡Qué negro resplandor, qué sombra huraña

preludian mi nacer! En una entraña

de oscurecido asombro me paseo.

 

        Buscador del contacto, lo que creo

vive en mis dedos como pura hazaña

de ciego amor y cuerpo que no daña,

adolescente siempre en su jadeo.

 

        Con un rubor temido, con un miedo

de encontrarme la cara y la medida

del ignorado espacio en donde ruedo

 

        justa en la luz y a su verdad ceñida,

alzo mi noche, ‑todo lo que puedo‑,

ya sintiendo llorar mi amanecida.

 

                 Manuel Rueda.-

 

 

 

 

FONÓGRAFO

 

        Suena. Fulge el espacio y da notoria

vida a su oscuridad de objeto. Grises

rincones fluyen. Relieves. Matices

concretándose en duda y vanagloria.

 

        Gira el disco. El es la única historia.

Patria audible, sus músicas felices

surgen de antaño a eternizar raíces

como árboles de pie por la memoria.

 

        Pasados y futuros en ahora.

Siempre el mismo presente en esa aguja

llena de un tiempo que huye y enamora,

 

        que circunda pensándose y me piensa.

¡Triunfo de lo sonoro!  Se dibuja

la eternidad. Ya calla. Recomienza...

 

                      Manuel Rueda.-

 

Jennie Fernández, Farah Robles, Annabelle Liz
Colegio Babeque Secundaria
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